Aquí
no hay un cielo en la tierra, eso casi nunca, salvo en aquellos momentos en que
nos sumamos al deleite de la Eucaristía que se alarga hasta la siguiente, si ponemos
de nuestra parte. Cuando me levanto por la mañana y pienso qué mal está el
mundo, es mejor pensar qué puedo hacer hoy de bien.
Mi fruto, rico y sabroso,
al gusto de Dios, ha de comenzar a mi alrededor, aunque sea pequeño, mi hogar,
mi familia, pero puedo ampliarlo y pensar que puedo dar hasta el ciento por uno,
como nos dice el Evangelio. Y retengo de la homilía: ¡Desatascar el oído
para oír en el interior, en tu alma!
La conversión constante
La
fe de los labios, la fe de los demonios, se instaura en las personas que se autoproclaman
cristianas sin serlo, pues la perspectiva de su camino no es Cristo sino quedar
bien, cumplir unas normas, y decirse así mismos que son personas buenas, y que
no hace falta nada más.
Ciertamente
somos vulnerables y caemos en tentaciones y debilidades humanas, esto es
natural porque nacimos heridos. Por eso desde los ambones los sacerdotes en sus
homilías nos invitan a convertirnos cada día, pues con nuestros decaimientos
vamos de ala, es decir, quedas fuera.
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